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el exhibicionista


By calipsopapeleria - Posted on 09 August 2010

      AUTORRETRATO

 

¿Errores? Cientos, miles, hordas de errores,

un caudaloso río de errores cuya corriente no cesa,

montones de errores como ataúdes apilados,

como ristras de tripas revueltas,

como montañas de basura sobre las que los buitres vuelan.

Pequeños errores como carcoma

crepitando dentro de los armarios,

grandes errores como grandes incendios

que arrasan esperanzas enteras.

Errores como pedradas en la frente,

como cuchillas que se hunden en las venas,

errores como balazos que se escapan a las sienes,

como números confusos de una cuenta mal hecha.

Errores que muerden como perros rabiosos

y en la soledad de la noche ríen como hienas.

Errores que conducen a más y más errores

hasta sepultarnos bajo toneladas de errores y penas.

Y cada error hiere y rompe irreparablemente,

unas veces un vaso y otras un corazón.

Hay vidas que se nutren solamente de errores.

Hay vidas que tan sólo son un error.

 

 

 

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EL EXHIBICIONISTA

 

Las viejas se arremolinaban alrededor de la gobernanta gritando como grajos hambrientos, unas con muletas, otras en sillas de ruedas, amputadas, ulceradas, sondadas, carcomidas por el tiempo como viejos cofres repujados llenos de bulas y papiros inútiles. Parecían enfermas terminales alrededor de una santa milagrera.

-         ¡Y pasa a las habitaciones de las chicas con la bragueta abierta!-

Se quejaban de Manolillo Cantimpalos, un viejecillo con alzheimer natural de Medina del Campo al que, a su edad, le había dado por la manía erótica y se dedicaba a acosar a las viejas y a perseguir a las auxiliares como si fuera un adolescente con las hormonas disparadas.

-         ¡Y una noche se paseó desnudo por el pasillo!-

-         ¡Y es un guarro que escupe y se tira pedos delante de don Serapio cuando viene a decir misa!-

-         ¡Y le tocó el culo a la señorita Conchi, lo que pasa es que las auxiliares se lo consienten todo, con eso de ay Manolillo Manolillo que malo eres…, ahora que si me toca a mí el culo le parto los dientes!- Vociferaba una vieja enfurruñada que sólo tenía muñones y una polvorienta peluca rococó en la cabeza, como las de las cortesanas del siglo dieciocho o las de las muñecas momificadas y cochambrosas de las tómbolas de las ferias de los pueblos.

A Manolillo Cantimpalos no podían partirle los dientes porque no le quedaba ninguno. Sentado en el porche en una descolorida silla de plástico con el anagrama de la cocacola en el respaldo, con la boca abierta y una laxa expresión en el rostro, contemplaba el cielo encapotado preguntándose si iba a llover. Creía que sí porque salía humo de la tierra.

     -    No va a llover,- dijo Luciano Penas, como si le hubiese leído el pensamiento – lo sé por la atmósfera- continuó, haciendo un gesto sabio y envolvente con la mano. Luciano Penas, que se parecía, en lo barbudo, en lo llagado y en lo cetrino, al Cristo de la Buena Muerte de Palencia, había sido pastor toda su vida, así que no podía equivocarse. Tiró de la manguera y continuó regando las plantas de espliego y los arbolillos retorcidos y siniestros como los pensamientos de un resentido.

Manolillo Cantimpalos se parecía un poco a Richard Widmark y otro poco a José Antonio Primo de Rivera. De joven debía de haber sido un trueno.

Entre el babélico griterío de las viejas, que parecían brujas del brezal de Matbech dándole vueltas al caldero de los conjuros, se oía de fondo el cantarcillo de doña Margarita, una viejecilla calva, relamida y con gafas de culo de vaso, que en su juventud había recibido una esmerada educación en la Sección Femenina del Castillo de la Mota.

       -   ¡Quiero una muñeca que diga papá y mamáaaa!-

Un vejete con gafas ahumadas observaba la escena refrescándose con un abanico, cogiéndole la mano a una viejecilla rubicunda, tímida y medio enana, de expresión beatífica y bobalicona.

Una vieja que estaba leyendo una novela romántica titulada “Ángel Audaz”, se levantó de su raído sillón y se puso junto a la gobernanta para intentar poner un poco de paz y orden en medio de aquel caos gerivetusto.

       -    ¡Calma, calma, hablad de una en una, chicas, por favor, qué asco de vida!- Terció con su ronca voz de intelectual septuagenaria.

La gobernanta tenía el pelo cortado como un fraile. Se le veían los pelillos de la nuca y refulgía el albor de detrás de las orejas.

-         ¡Tenéis que comprenderlo, el pobre está mal de la cabeza!-

La indignación general subió de volumen tras aquellos argumentos torpemente conciliadores.

-         ¿Cuándo es agosto?- Preguntó, perdida en su mundo, con su vocecilla de duende, doña Tomasita, una viejecilla que parecía una chinche casi invisible removiéndose y dando saltitos en su silla de ruedas- en a a  a agosto viene mi Maruchi a por mí-

-         ¡Uhhh, mira, Tomasita,- le gritó con voz acerada y cruel, desde el otro extremo de la sala, su compañera de habitación, una gorda sanguina de ojos saltones, que, sin saber porqué, le tenía inquina- tu Maruchi no va venir nunca a por ti porque está a más de seiscientos kilómetros y tiene su vida, su marido y su trabajo, así que ya nunca volverás a tu casa, hasta que te mueras, desengáñate de una vez, so tonta!-.

Manolillo Cantimpalos trataba de oír lo que se hablaba en el interior. Sabía que estaba siendo juzgado y le asustaba un poco conocer el veredicto. Una auxiliar guapa y rolliza con una belleza natural en la sonrisa de su cara, le trajo un yogur de plátano para merendar. Manolillo, con disimulo, fue a meterle mano a la guapa auxiliar por debajo del uniforme, y ésta, retirándose un poco y dándole un leve manotazo, le increpó muy seria y aparentemente ofendida:

-         ¡Quita, no empieces, Manolillo, que te quedas sin merienda!- .

Manolillo Cantimpalos compuso un mohín de niño amonestado y se subió la bolsa de los orines que le asomaba por la pernera del pantalón.

Se puso a llover.

-         Es que el tiempo ya no es como antes- se justificó, carraspeando un poco, Luciano Penas, sin dejar de regar las plantas – ahora parece que no va a llover y llueve y cuando parece que va a llover sale el sol-.

-         ¡Te perdí- continuó cantando muy seria doña Margarita, haciendo aspavientos con una mano y con la otra colocándose el pañal- por culpa de un relóoo!-.

-         ¡Cállate ya, coño en Dios,- gruñó la gorda sanguina de los ojos saltones- que llevas to la puta tarde cantando, me duele ya la cabeza de tanto canto y tanto canto…joder, me cago en la ostia puta!!-

La cantante calva se calló por fin y se puso a mirar al vacío.

Un silencio de iglesia, casi europeo, se apoderó por breves instantes de la sala en penumbra. Sólo se oía la lluvia y la televisión: “no hay ni gente po la calle con tanto caló, hase una flama que pa qué…”.

Después continuó el babélico alboroto, mientras la lluvia golpeaba los cristales con breve furia, y la muerte revoloteaba como una mosca golosa y verdusca sobre un hediondo estercolero.

 

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