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el vacío que nos sostiene
ARENAS MOVEDIZAS
-¡Socorro!-
Salió a la calle con ella en brazos. Apenas podía sostenerla en sus brazos escuálidos, con sus manos temblorosas de borracho, sobre sus piernas raquíticas llenas de varices.
-¡Socorro, socorro!-
Estaba muy pálida, con los ojos cerrados y el pelo sobre la cara. Resultaba hasta guapa, como cuando la conoció hacía ya más de diez años en la peluquería donde ella trabajaba y él iba a cortarse el pelo.
-¡Socorro, socorro!- Gritó presa del pánico y la angustia, con una sensación de aspereza en la garganta, como si se hubiera tragado una piedra.
La calle estaba desierta, las farolas encendidas con una luz agónica, una triste y mortecina luz amarillenta, una fúnebre luz de velatorio. Eran las solitarias noches palentinas.
-¡Socorro!-
De repente sintió que alguien se la arrebataba violentamente. Todavía sostenía el cuerpo en los brazos, pero aquel fardo muerto ya no era ella. Una sacudida de terror le erizó la piel, experimentando una especie de asco inconfesable, como si el cuerpo que abrazaba se hubiera llenado súbitamente de gusanos.
Con sumo cuidado lo depositó en la acera mojada, procurando que la cabeza no se golpeara contra el duro adoquinado.
Quiso correr, huir de aquella pesadilla insoportable, pero tenía los pies hundidos en arenas movedizas, prisionero en aquella realidad angustiosa y lúgubre. Ya jamás besaría aquella boca fresca ni oiría aquella cálida voz. El fantasma de la ausencia llenaría de vacío el resto de su vida, como un estómago hueco, como un pecho sin corazón. Un vacío sobre el que se sostendría como un planeta perdido del Universo. El mundo le parecía un lugar inhóspito, yermo, fiero y gris.
Evocó otros tiempos, otra vida con más luz y esperanza. Una tarde de domingo por la Gran Vía de Madrid, cuando vivía en Argüelles. Iba a llevar al cine a su hija. Un conocido suyo, Paco el ajedrecista, se cruzó con ellos y lo saludó con sus tics nerviosos y su palidez cadavérica.
- ¿Es tu hija?, tiene tu misma sonrisa-
El mundo entonces parecía estar en armonía, todavía no se había desencadenado el caos. ¿Por qué recordaba ahora aquello? Se estaba volviendo loco. Le daba mucha pena verla allí tendida, como una bolsa de basura hinchada de pútridas vísceras, una gran tripa muerta con los restos desperdiciados de toda una vida dentro, vencida y desahuciada como una vieja máquina rota, apoyada en la pared esperando a que los basureros vinieran a recogerla. Pero él no podía hacer nada. La cabeza le daba vueltas. Una grieta de dolor, un abismo de soledad cósmica se abría bajo sus pies.
Un gato negro pasó por la acera de enfrente y se les quedó mirando. Después continuó su camino acelerando el paso, como si se llevara furtivamente en las fauces el alma de la muerta.
Intentó gritar de nuevo pero se había quedado sin voz. Se sentía como una marioneta accionada por las crueles manos de la tragedia. En un arrebato se alejó corriendo en busca de su coche, después volvió sobre sus pasos, se miró las manos temblorosas, giró varias veces sobre sí mismo. Finalmente se sentó en el poyo del portal, junto al cadáver de su amada, y balanceando el tronco convulsivamente, se dispuso a esperar temblando de frío.
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