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nada que esperar
FIN DE FIESTA
Una ligera brisa hizo tremular las banderitas de la plaza, produciendo un ruido como de aleteo de murciélagos.
Los músicos fueron subiendo al autobús, con sus instrumentos de hojalata que resplandecían bajo la luz de las farolas como si fueran de plata.
Bajo la luna llena dormía el campo hirsuto, caliente como el cuerpo de una mujer, atravesado por las cicatrices de caminos rurales y polvorientos, y carreteras secundarias iluminadas cada cierto tiempo por los faros de algún coche que pasaba. Bajo la luna llena refulgían las montañas de chatarra tras las vallas renegridas de la chatarrería, montañas de locura con hierros retorcidos como garras, ferralla oxidada de absurdas formas y grasientos bloques de muerto metal.
Dos muchachas adolescentes doblaron la esquina, cuchicheando y riendo como si se estuvieran meando. Y un grupo de chicos, con las manos en los bolsillos, cansados, cabizbajos, desengañados y solos como viejos, subían la cuesta desperdigados, dando patadas a los botes abollados de cerveza hasta introducirlos bajo el maderamen de los encierros, hablando con la monótona letanía de los borrachos que cierran los bares.
La plaza quedó desierta, con un olor a pólvora, a vómito, a orines y a histérica alegría, suspendido en el aire como una niebla de amanecer.
Ya no había luz en las ventanas, ni música, ni voces, ni risas, ni ansias. Era como si la vida se hubiera acabado a una hora predeterminada. Y el viento ardiente del sur, entre el ramaje de un pino gigante, murmuraba como murmuran los cipreses del cementerio, cuando las almas de los muertos se escapan de sus tumbas amparadas en el silencio y la oscuridad.
Sobre un contenedor de basura, repleto de bolsas, botellas y cachivaches inmundos, había una muñeca rota con un ojo vuelto y una pierna amputada, el pelo desgreñado y desvaído, el vestido sucio y pasado de moda, la sonrisa helada como la grieta que se forma en el hielo de un charco cuando lo pisa un pie de camino a alguna parte.
El pueblo era un punto de luz mortecina parpadeando perdido en el Universo.
Con un áspero sabor a tabaco y ginebra en la boca, pastosa como la boca de un muerto, buscó en los bolsillos la llave de la pensión. La cabeza le zumbaba, como zumban las torres de alta tensión abandonadas en un erial bajo el sol depredador del mediodía.
No había nada que esperar, pensó con un rictus de amargura. Nada.
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