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vamos a la feria
¡VAMOS A LA FERIA!
La niña roció de ketchup las patatas fritas. La terraza del burger estaba abarrotada. Familias que salían de comprar en el centro comercial, gordos adictos a la comida basura, pandillas de adolescentes tiesos de dinero y de imaginación.
El padre y su hija comían sin hablar. La niña permanecía en su mundo de vampiros y princesas. El padre encerrado en el suyo: una hermosa mujer que olía como la tierra recién regada, sentada desnuda en la cama, la cabeza apoyada en las rodillas flexionadas, el cabello derramado sobre los grandes senos calientes, los ojos como dos brasas de fuego ardiente mirando por encima de los muslos. De aquello hacía ya mucho tiempo, tanto que parecía un sueño.
La niña era muy morena, como su padre, parecía una gitanilla, delgada, inquieta, de ojos ingenuos, con una diadema blanca en el pelo negro un poco áspero por el cloro de la piscina.
El alboroto era ensordecedor. El padre se sentía incómodo, amuermado, triste, un poco asustado, inerme en un mundo grande e histérico, violentamente alegre, en un mundo extraño y hostil que olía a aceite refrito y petróleo, un mundo sin aire que giraba y giraba frenéticamente en la rueda de la desgracia hasta producir mareos y vómitos.
- ¿Me llevas ahora a la feria?- Preguntó la niña con su mirada ilusionada.
El padre, tras un impás, asintió con la cabeza, resignado como un vecino huraño que tiene las fiestas bajo su ventana.
La niña miró su hamburguesa, colocó la lechuga sobre la carne y le dio un bocado. Después se chupó los dedos, bebió con la pajita un sorbo de cocacola y cogió otra patata frita.
El padre descendió de su mundo y se puso a mirar la televisión.
“A sus noventa y cuatro años – decía una locutora con voz gangonasal- a Aquilina Higo todavía le gusta bajar a la playa y mojarse los pies”
Sobre el horizonte cárdeno, seco, calcinado, se elevaba la luna.
Una ambulancia se detuvo a las puertas de una residencia de ancianos.
La niña movía los pies por debajo de la mesa de plástico. Como queriendo animar a su padre, exclamó con su voz de campanillas:
-¡Vamos a la feria!-
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