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By calipsopapeleria - Posted on 15 July 2010

 

¡YA ESTÁ!

 

Desde que a Gloria Chulilla le cortaron la pata derecha andaba mucho mejor. Ya no le daba las noches a su compañera de cautiverio, tenía mejor cara, mejor color, y en la boca una sonrisa perenne como las hojas del laurel bajo el que la llevaba su hijo cuando venía a visitarla los domingos por la tarde. Su hijo se llamaba Agustín Tuno y tenía aspecto de aviador de la Primera Guerra Mundial. Se parecía un poco a Lee Van Cleef en La Muerte tenía un precio, aunque sin tanta fiereza, los ojos achinados, los pómulos hundidos y el hocico prominente, de suerte que cuando sonreía dejaba ver unos dientes amarillentos, grandes y desiguales, componiendo una mueca de chino feliz.

Aquel domingo había fútbol. Los ancianos residentes, ante la tele del salón, agitaban banderitas españolas jaleando las carreras para arriba y para abajo del ínclito extremo izquierdo, que al correr doblaba los pies hacia dentro como Garrincha. Algún anciano más impulsivo, anclado en su ictus, hacía ademán de dar una patada al balón con su pierna tonta, llegando incluso a moverla un poco, algo que no conseguía la esforzada fisioterapeuta en las tortuosas y estériles sesiones de rehabilitación. Sin duda se trataba de un partido importante, alguien lo había estipulado así.

El hijo acomodó a su madre en su silla de ruedas ante una mesa de aluminio, a la sombra del laurel, y él se sentó en un banco de madera, madera vieja, podrida, agrietada por los rudos soles y las tristes lluvias. La mesa estaba llena de polvo, el polvo del abandono, del olvido y de los vientos saharianos. Eran las cuatro de la tarde. Hacía un calor asfixiante y las cigarras chirriaban desde sus ignotos escondrijos. El hijo cogió un papel arrugado del suelo e hizo ademán de limpiar la mesa, pero se quedó con el papel suspendido en el aire. En la sartén de aquel calor paralizante, suponía un esfuerzo sobrehumano cualquier movimiento.

Tras el muro de la residencia, en el arcén de la carretera que olía a alquitrán hirviente como los cuentos de Ignacio Aldecoa, dos guardias civiles miraban con sus gafas de sol a uno y a otro lado, procurando refugiarse en la sombra pobre del muro.

El hijo, de repente, estornudó.

-¡Jesús!- Dijo la madre sonriendo beatíficamente con su muñón amputado envuelto en vendas desvaídas.

- Es que he cogido frío- Bromeó el hijo, sonriendo con sus dientes de chino leporino.

La madre lo miró y sonrió un poco más. Como un relámpago fugaz en una nube solitaria que se aleja por el horizonte, una tácita complicidad se manifestó entre la madre y el hijo a través de aquel flash de humor inocente. Eran dos sonrisas iguales, un poco asustadas y estólidas.

Volvió el silencio. Ambos se quedaron mirando el polvo de la mesa. Dos personajes polvorientos compartiendo un polvoriento destino.

-¿Has vuelto a hablar con tu hija?- Preguntó la madre, mirándose la extremidad amputada e imaginándose la prolongación de la pierna hasta acabar en un pie con cinco dedos que se mecían como la hierba hirsuta de la cuneta. Bueno, pensó, por lo menos ya no tenía que cortarse las uñas.

- No- contestó el hijo con la voz un poco ronca.

A un guardia civil se le escapó un pedo, pequeño, modesto, casi educado, poco español. Su compañero fingió no haberlo oído y le hizo un banal comentario de fútbol.

Tras un ventanuco que daba al sótano de los terminales, un pintor hiperrealista con cáncer de pulmón intentaba arrancarse la sonda que lo mantenía con vida a su pesar.

-         Estate quieto, Mariano- Le reñía cordialmente una enfermera voluptuosa de ojos verdes, que reventaba de vida el uniforme que la constreñía.

El pintor, entre la bruma de la fiebre y la morfina, evocó la muerte de su madre. La habían llevado a urgencias por un insignificante mareo, y al cabo de un rato el médico salió del box con aire estudiadamente abatido, para comunicarles súbitamente a los familiares:

-         Ha muerto-

Tras un compás de espera producto de la incredulidad, él preguntó infantilmente, con más curiosidad que dolor:

-         ¿Y ya está?- Como si la frontera entre la vida y la muerte fuera una frágil línea pintada de falaz misterio, un hilo de suspiro que una vez traspasado deja atrás el dolor, la angustia y la duda.

¡Ya está! Después de todo, morir no debe de ser algo tan trágico y metafísico, tal vez sólo solemne.

Pensó también en su hijo, postrado en una silla de ruedas desde aquel accidente de moto. Una cruz al hombro subiendo una cuesta de piedras. Una astilla clavada en el epicentro del cerebro. Vivió con ella y ahora moría con ella, abrazado a su cruz.

En la habitación en penumbra flotaba un ácido olor, a enfermedad,  a leche agria,  a orina de ratones.

Arriba, en el patio, las cigarras continuaban serrando con su áspero canto el aire yermo de la siesta de julio.

La madre apoyó sus manos vacías en la mesa llena de polvo, y el hijo, con el papel arrugado todavía suspendido en el aire, hizo lo propio y apoyó los codos.

-         Pues llámala tú- Dijo la madre.

El hijo no contestó. Tenía también la sonrisa llena de polvo, como un umbral deshabitado desde hace mucho tiempo.

 

 

 

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